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Cuba ante la transición: ¿qué ganan y qué pierden las grandes potencias?

Una eventual transición democrática en Cuba transformaría el equilibrio geopolítico del hemisferio occidental, pero sus consecuencias no serían iguales para todas las potencias. Mientras Estados Unidos y la Unión Europea obtendrían ventajas estratégicas, China podría preservar sus intereses económicos y Rusia afrontaría las mayores pérdidas. ¿Qué está en juego para cada uno de estos actores ante el futuro político de la isla?

Por Adrian Łukasz Chrobot *

A lo largo de 2026, la confluencia de un colapso económico y humanitario severo, una presión estadounidense sin precedentes desde el período especial y un escrutinio creciente de la Unión Europea ha situado a Cuba ante la coyuntura de transformación política más significativa de las últimas décadas (Barrero, 2026). La pregunta que domina el debate público no es ya si algo cambiará, sino qué forma tomará ese cambio y qué probabilidad relativa tiene cada trayectoria posible.

Este análisis no aspira a responder esa pregunta directamente. Su propósito es examinar qué hacen realmente, más allá de la retórica declarada, los principales actores externos con capacidad de influir en el desenlace cubano, y qué intereses materiales y estratégicos condicionan su comportamiento frente a la continuidad o transformación del régimen.

Estados Unidos, la Unión Europea, China y Rusia no tienen los mismos intereses en Cuba ni afrontarían los mismos costos ante una eventual democratización. Mientras Washington y Bruselas obtendrían importantes ventajas estratégicas e institucionales, Pekín podría preservar e incluso ampliar sus intereses comerciales pese a perder influencia política. Moscú, en cambio, afrontaría las mayores pérdidas debido al valor geoestratégico que representa Cuba para su proyección de poder en el hemisferio occidental.

Estados Unidos: de adversario histórico a posible aliado

Desde 1959, y de forma sostenida hasta hoy, la política exterior cubana se ha organizado en torno a la construcción de una red de alianzas ideológicas dirigida a erosionar la influencia estadounidense en el hemisferio occidental, no solo a defenderse de ella.

El caso más completo es Venezuela. La alianza chavista-castrista, articulada institucionalmente a través de la ALBA desde 2004, incluyó la reestructuración de los servicios de inteligencia venezolanos por parte de la Dirección de Inteligencia cubana (G2), así como el programa de médicos por petróleo que sostuvo financieramente al régimen cubano durante casi dos décadas. Un patrón que la inteligencia cubana replicó, a menor escala, en Nicaragua desde el regreso de Daniel Ortega al poder en 2007 (La Prensa, 2025).

Esta capacidad de construir alianzas no fue casual, sino el resultado de mecanismos institucionales deliberados. El Foro de São Paulo, fundado por Fidel Castro junto a Luiz Inácio Lula da Silva en 1990 como respuesta estratégica a la caída del bloque soviético, permitió articular y coordinar a buena parte de la izquierda latinoamericana. La política exterior activa ha funcionado, en este sentido, como un mecanismo compensatorio frente a las crecientes limitaciones del régimen en el plano interno (Chaguaceda, 2025).

La influencia cubana tampoco se ha limitado a sus aliados ideológicos. Con Colombia, por ejemplo, la relación revela un patrón particularmente ilustrativo de su capacidad de intervención regional: apoyo activo a la insurgencia primero, papel de facilitador de paz después. Desde los años sesenta, Cuba respaldó a organizaciones guerrilleras como las FARC y el ELN, antes de reorientar su papel hacia el de garante de las negociaciones de paz (Hudson, 1988; Kruijt, 2019). Esa condición no impidió que La Habana ofreciera refugio a dirigentes del ELN cuya extradición reclamó posteriormente Colombia.

El espionaje ha sido, en este mismo sentido, un instrumento más de política exterior, no un asunto aparte de seguridad interna: la vía con la que Cuba ha compensado su desventaja de poder material frente a Estados Unidos y ha buscado incidir directamente en decisiones bilaterales concretas. Los casos de Ana Belén Montes, analista de la Agencia de Inteligencia de Defensa estadounidense que espió para Cuba entre 1985 y 2001, y Víctor Manuel Rocha, exembajador estadounidense en Bolivia que colaboró durante décadas con la inteligencia cubana, ilustran la profundidad de esa penetración.

Una eventual transición democrática permitiría invertir este patrón. El caso polaco ofrece aquí un paralelismo particularmente sugerente, aunque las diferencias regionales, culturales y económicas impiden establecer una comparación completa. Tras la transición de 1989, la política exterior polaca se reorientó con relativa rapidez hacia la integración con las estructuras occidentales, un proceso que culminó en su ingreso en la OTAN en 1999 y en la Unión Europea en 2004 (Vachudova, 2005).

Lo que hace pertinente esta referencia es el mecanismo subyacente. La reintegración con Occidente se convirtió en razón de Estado compartida por todo el espectro político relevante, reflejo de un consenso social amplio y no de la estrategia particular de un gobierno o partido, la llamada doctrina de vuelta a Europa.

Trasladado al caso cubano, es razonable prever que una eventual reorientación hacia Washington respondería, de forma análoga, a un consenso transversal más que a la preferencia de una facción política concreta. La proximidad geográfica y la dependencia estructural de remesas, turismo e inversión estadounidenses generan un incentivo compartido por cualquier actor político cubano con vocación de gobierno.

El propio historial de inteligencia polaco ofrece un precedente ilustrativo. Durante la Guerra Fría, los servicios de Varsovia obtuvieron secretos militares estadounidenses de primer orden. Apenas unos años después de la transición, en 1990, la inteligencia polaca ejecutó con éxito la Operación Simoom, mediante la cual extrajo de Irak a seis agentes estadounidenses antes de la Guerra del Golfo. La cooperación posterior convirtió a Polonia en uno de los principales aliados de inteligencia de Washington (Pomfret, 2021). El caso demuestra que un aparato que ha causado daños reales a Estados Unidos puede convertirse en un activo de confianza estratégica cuando cambia el marco político que lo emplea.

Trasladado al plano regional, el mismo mecanismo sugiere que una Cuba democrática podría desempeñar un papel radicalmente distinto al actual: de fuente de inestabilidad hemisférica a actor constructivo de estabilidad regional. El regreso a la Organización de Estados Americanos, de la que Cuba se margina voluntariamente desde 2009, sería un paso inmediato y simbólico en esa dirección. Más allá de eso, una Cuba democrática podría capitalizar sus vínculos históricos con el Caribe y Centroamérica para posicionarse como mediador y socio de estabilidad regional.

Esta previsión se refuerza si se atiende a las preferencias políticas observables en los dos polos de la nación cubana. En la diáspora, particularmente en el sur de Florida, predomina una orientación proestadounidense y anticomunista (Grenier y Lai, 2024). En la isla, aunque no existen encuestas independientes que permitan cuantificar una preferencia proamericana explícita, los patrones migratorios masivos y las protestas antigubernamentales sugieren un descontento estructural con el proyecto político vigente.

Un gobierno democrático cubano tendría, por tanto, un doble incentivo para el realineamiento: la presión de una diáspora políticamente influyente y una sociedad insular con incentivos estructurales para distanciarse del proyecto político asociado al régimen depuesto. La experiencia polaca muestra, además, que incluso el eventual regreso electoral de actores vinculados al antiguo régimen no resulta necesariamente incompatible con una reorientación exterior duradera, siempre que compitan dentro de reglas democráticas (Grzymała-Busse, 2002).

Con el régimen actual, Washington obtiene un adversario contenido pero costoso: un foco constante de presión migratoria, de inestabilidad regional y de penetración de inteligencia al más alto nivel, que exige atención y recursos de forma sostenida. Con una Cuba democrática y proamericana, Estados Unidos ganaría el cierre de ese foco crónico, un mercado inmediato por proximidad geográfica y la consolidación de su posición estratégica en el hemisferio occidental. Ello explica por qué el cambio de régimen no es solo un objetivo ideológico, sino un activo estratégico de largo plazo.

La Unión Europea: los límites de la cooperación sin reciprocidad

La relación de Cuba con Europa se articula fundamentalmente en el nivel institucional. La Unión Europea mantiene desde 2016 el Acuerdo de Diálogo Político y de Cooperación (PDCA), un marco de condicionalidad que exige reformas políticas sin vincular incentivos económicos concretos a su cumplimiento. Esto ha permitido a Bruselas sostener un discurso de valores democráticos sin asumir el coste político de una presión efectiva (CIDOB, 2023).

Es, en la práctica, la contraparte institucional europea del régimen de sanciones estadounidense: mientras Washington coacciona, Bruselas dialoga sin condicionar de forma vinculante, y el régimen cubano ha aprendido a navegar esa diferencia con comodidad.

Esa comodidad se sostiene sobre una asimetría notable en la reciprocidad. La Unión Europea financia proyectos de cooperación multimillonarios con Cuba. A cambio de ese flujo sostenido de recursos, La Habana no solo no ha ofrecido avances verificables en materia de derechos humanos, condición formal del propio acuerdo, sino que ha mantenido posiciones internacionales frontalmente contrarias a las prioridades estratégicas europeas: respaldo político a la invasión rusa de Ucrania y alineamiento sistemático con Pekín y Moscú en los foros multilaterales.

Dentro de este marco común, la posición de las democracias postcomunistas de Europa central merece consideración separada, y Polonia constituye el caso más significativo. Su rechazo al régimen cubano es explícito y consistente, pero esa firmeza no se extrapola a la nación cubana. Las organizaciones polacas han canalizado apoyo sostenido a la sociedad civil y la disidencia en la isla, en una distinción deliberada entre gobierno y sociedad que refleja la propia memoria histórica polaca de la solidaridad internacional recibida durante los años ochenta.

El caso polaco no es solo un antecedente de solidaridad. Es también una referencia para quienes, desde Washington, contemplan una eventual transformación política cubana. En agosto de 2026, el secretario de Estado Marco Rubio situó a Polonia como ejemplo del tipo de transición que Estados Unidos considera deseable para Cuba (14ymedio, 2026b). Cabe esperar, por tanto, que una Cuba democrática buscase activamente el asesoramiento institucional y político polaco en el diseño de su propia transición.

Respecto de la Unión Europea en su conjunto, el cambio esperable sería de naturaleza cualitativa antes que cuantitativa: no necesariamente más recursos, sino una relación normalizada y recíproca. Una Cuba democrática dejaría de ser un receptor neto de cooperación que simultáneamente adopta posiciones internacionales adversas a quien la financia, para convertirse en un socio ordinario sujeto a las mismas expectativas de reciprocidad que rigen las relaciones de la Unión con cualquier tercer Estado democrático.

La Unión ganaría así la posibilidad de alinear por fin discurso e instrumentos, un socio previsible en el hemisferio occidental y el cierre de un caso que erosiona la credibilidad de su política de condicionalidad. Para Polonia y las demás democracias postcomunistas de Europa central, el beneficio combinaría lo normativo con lo estratégico: la oportunidad de compartir su propia experiencia de transición y retirar a Rusia un aliado ideológico y de inteligencia en el hemisferio occidental.

China: entre la influencia política y el pragmatismo comercial

Las relaciones sino-cubanas se han profundizado desde comienzos del siglo XXI, impulsadas tanto por una afinidad ideológica compartida como por intereses económicos concretos. Cuba se adhirió a la Iniciativa de la Franja y la Ruta en noviembre de 2018 y, en septiembre de 2025, obtuvo nuevos acuerdos de reordenamiento de deuda e inversiones prioritarias con Pekín.

La relación presenta, sin embargo, límites reales. El impago sistemático de empresas cubanas a contrapartes chinas ha desincentivado una mayor exposición del empresariado chino en la isla, en un vínculo que sigue siendo asimétrico y más cauteloso de lo que sugiere la retórica oficial (Pérez, 2023).

Más allá del comercio, Huawei y otras empresas chinas han construido buena parte de la infraestructura de telecomunicaciones cubana, lo que ha dotado al régimen de capacidad de vigilancia digital sobre su propia población. Una dimensión más disputada es la de la inteligencia: desde 2023, diversas investigaciones y declaraciones estadounidenses han denunciado la existencia de instalaciones chinas de escucha electrónica en Cuba, dirigidas contra objetivos militares estadounidenses (CSIS, 2025).

En el plano diplomático, Cuba respalda de forma consistente las posiciones chinas en foros multilaterales sobre Taiwán, Hong Kong y Xinjiang, sumando su voto al bloque de países alineados con Pekín en materia de derechos humanos.

Todo indica que una Cuba democrática mantendría la relación comercial con China, dado el volumen ya invertido y la ausencia de alternativas igualmente disponibles a corto plazo, pero con un giro hacia mayor transparencia y diversificación de proveedores.

El precedente polaco vuelve a resultar ilustrativo. Polonia recibió inversión china sustancial después de 1989, pero cuando la presión de seguridad occidental se intensificó en torno a las redes 5G, restringió la participación de Huawei en infraestructura crítica sin romper la relación comercial de fondo. Una Cuba democrática, bajo presión análoga de Washington, probablemente seguiría un patrón similar: mantener el comercio, pero limitar la dependencia tecnológica en sectores sensibles y descartar cualquier acuerdo militar o de inteligencia con Pekín.

Paradójicamente, una transición de mercado abriría para China un pastel comercial mayor que el actual. Una economía cubana desregulada y con mayor poder adquisitivo ampliaría la demanda de bienes chinos, y lo haría en condiciones de pago normales, resolviendo precisamente el problema de impagos que hoy limita el interés del empresariado chino en la isla.

Con el régimen actual, China obtiene un mercado cautivo, escaso riesgo de competencia occidental y, si las denuncias sobre instalaciones de inteligencia resultan ciertas, una plataforma de vigilancia próxima al territorio estadounidense, además de un voto fiable en los foros donde defiende sus posiciones más sensibles.

Con una Cuba democrática y proamericana, China perdería esa dimensión estratégica y el voto automático en los organismos internacionales, pero conservaría, y probablemente ampliaría, su posición comercial: un mercado cubano más grande, más solvente y libre de la actual acumulación de impagos.

Rusia: el costo geoestratégico de perder Cuba

La relación de Cuba con Rusia atraviesa la historia reciente en distintas fases, condicionadas en buena medida por la relación de ambos países con Washington (Bain, 2023). Tras el abandono relativo de la década de 1990, el vínculo se reactivó de forma decisiva a partir de 2014, cuando Moscú condonó el 90 por ciento de la deuda cubana heredada de la era soviética, unos 35,200 millones de dólares.

La invasión rusa de Ucrania en 2022 aceleró aún más la convergencia, en lo que puede describirse como un caso de cooperación autocrática: dos regímenes que se adaptan, aprenden el uno del otro y coordinan posiciones para resistir las normas liberales internacionales (Chaguaceda y Santos, 2026).

La dimensión militar de esta relación es la más relevante. El reclutamiento a gran escala de ciudadanos cubanos para combatir en las filas rusas en Ucrania, muchos captados bajo promesas de empleo civil, ha tenido consecuencias diplomáticas concretas (Barrero, 2025). En octubre de 2025, Polonia anunció su abstención en la votación de la Asamblea General de la ONU sobre el embargo estadounidense, condenando el respaldo cubano a la agresión rusa y la participación de ciudadanos cubanos en el conflicto. Ucrania, por su parte, anunció el cierre de su embajada en La Habana y la reducción de sus relaciones diplomáticas.

El alineamiento cubano con Rusia tiene, por tanto, un coste multilateral medible, no solo especulativo. En el plano estrictamente militar, en junio de 2024 una flotilla de la Flota del Norte rusa, encabezada por el submarino de propulsión nuclear Kazán y la fragata Almirante Gorshkov, atracó en La Habana tras realizar ejercicios en el Atlántico. Analistas militares rusos han planteado también, aunque sin que constituya política oficial confirmada, la posibilidad de desplegar misiles de crucero en Cuba como recurso de presión estratégica frente a Estados Unidos.

Cuba funciona, en la terminología clásica de la geopolítica de la Guerra Fría, como un portaaviones insumergible situado a 150 kilómetros de las costas de Florida. Una plataforma fija cuyo valor estratégico aumenta con el desarrollo de los sistemas de misiles de precisión y vehículos no tripulados, capaces de reducir los tiempos de alerta temprana frente a objetivos en el sureste de Estados Unidos.

El precedente polaco vuelve a ser instructivo, aunque en sentido inverso. Así como Polonia rompió con Moscú después de 1989, una Cuba democrática tendría un incentivo estructural para desmantelar la cooperación militar y de inteligencia con Rusia como condición casi obligada de cualquier acercamiento a Washington, dado que ambas cosas resultan mutuamente excluyentes en la práctica.

Cabe esperar el cierre de cualquier instalación de vigilancia electrónica, el fin de las visitas navales con capacidad de ataque y una reducción drástica de la cooperación energética estratégica, sustituida progresivamente por proveedores occidentales. Es probable, no obstante, que sobreviva una relación cultural y diplomática de bajo perfil, dado el vínculo histórico de varias décadas entre ambos países.

Con el régimen actual, Rusia obtiene lo más parecido a un portaaviones insumergible que puede tener sin territorio propio en el hemisferio occidental; un socio fiable de cooperación autocrática frente a Occidente, y un mercado cautivo para su industria energética y de defensa.

La pérdida de Cuba en un escenario de transición democrática y realineamiento proamericano representaría, por tanto, el golpe más severo de los cuatro actores analizados: no una pérdida comercial marginal como en el caso chino, sino la pérdida de una plataforma geoestratégica a corta distancia del territorio continental estadounidense.

Es razonable prever que, precisamente por la magnitud de esta pérdida potencial, Rusia constituya el actor externo con mayor incentivo para intentar frenar o revertir cualquier proceso de transición cubana, incluso por encima de China.

Una transición, intereses contrapuestos

Los intereses materiales y estratégicos de Estados Unidos, la Unión Europea, China y Rusia no son neutrales frente a una eventual transformación política cubana. Tampoco son equivalentes entre sí.

Para Estados Unidos, el cambio de régimen resolvería un problema de seguridad regional acumulado durante décadas y abriría un mercado inmediato por proximidad geográfica. Para la Unión Europea, permitiría sustituir una relación de cooperación sin reciprocidad efectiva por una asociación con un socio democrático. China perdería influencia estratégica, pero podría compensarla mediante nuevas oportunidades comerciales. Rusia, en cambio, afrontaría la pérdida más severa: un aliado ideológico y una plataforma geoestratégica de difícil sustitución en el hemisferio occidental.

Ello no significa que la transición cubana sea inminente, ni que su desenlace esté determinado por la voluntad de estos actores externos. El régimen conserva una notable capacidad de adaptación y resistencia. Tampoco el fin del régimen actual garantizaría, por sí solo, una consolidación democrática: las estructuras de control del antiguo sistema podrían sobrevivir bajo un nuevo liderazgo.

Lo que sí permite sostener este análisis es que la asimetría de intereses entre las principales potencias ayuda a comprender sus posiciones divergentes ante el futuro de Cuba. En particular, la magnitud de lo que Rusia se juega, frente a lo que arriesgan China o incluso la Unión Europea, constituye una clave para interpretar las tensiones geopolíticas que acompañan la crisis cubana.

Este texto es una versión abreviada y editada de un artículo académico de Adrian Łukasz Chrobot que será publicado en 2027 en el segundo número de la revista académica del Seminario Permanente de Investigación de RELIAL, en colaboración con Gobierno y Análisis Político A. C. (GAPAC).

* Adrian Łukasz Chrobot es profesor asociado en la Universidad de Silesia en Katowice, y docente asociado en la Lucerne University of Applied Sciences and Arts, Campus Madrid.


Referencias

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